Una noche de 1981, el productor Glen A. Larson volvía a casa frustrado tras grabar un piloto que la NBC rechazó. En un semáforo vio un Pontiac y pensó: “Si el coche pudiera hablar, me ahorraría contratar actores malos”. Así nació el Auto Fantástico.

EL Auto Fantástico fue una serie que convertiría un carro en el héroe más carismático de la televisión. Un vehículo inteligente, indestructible y sarcástico que hablaba, razonaba y desafiaba a su propio conductor.

Larson presentó la idea a los directivos de NBC como “El Zorro con un coche en lugar de caballo”. Les prometió acción, tecnología y moralidad futurista y lo aprobaron sin pensarlo. La era de los héroes tecnológicos acababa de empezar.

El protagonista se llamaría Michael Knight, un hombre al que daban por muerto y que una fundación secreta reconstruía para luchar contra el crimen. Su compañero sería K.I.T.T., un Pontiac Trans Am negro capaz de pensar y sentir.

La serie se estrenó en 1982 y arrasó. K.I.T.T., siglas de Knight Industries Two Thousand, tenía carrocería molecular, piloto automático, turbo boost y una luz roja que oscilaba como un corazón electrónico. Aquel prodigio era un personaje más, no un accesorio.

David Hasselhoff interpretó a un Michael Knight tan perfecto que parecía hecho a medida para su coche. Entre ellos nació una relación casi humana durante la cual discutían, se cuidaban y se salvaban mutuamente. Era tecnología y emoción en perfecta sincronía.

El tema musical de Stu Phillips, inspirado en una melodía clásica de Léo Delibes, se convirtió en una seña generacional. Bastaban dos notas sintetizadas para que medio planeta supiera que K.I.T.T. estaba a punto de aparecer.

La química entre hombre y máquina funcionó. Cuatro temporadas, 90 episodios y un fenómeno mundial. Los niños imitaban la luz roja con linternas y cinta adhesiva, y los adultos soñaban con tener un coche que los entendiera mejor que las personas.

Detrás del éxito había algo más que entretenimiento. Knight Rider hablaba de confianza en la tecnología, de ética en la inteligencia artificial y de la idea, muy ochentera, de que un solo hombre podía marcar la diferencia.

El Auto Fantástico se convirtió en un icono global. Hubo juguetes, cómics, videojuegos y reboots, pero ninguno logró reproducir la magia de aquel Pontiac que parecía tener alma y que, con cada misión, recordaba que un coche también podía hacer el bien.

Y quizá por eso, cuando ves una luz roja moverse de un lado a otro, sigues escuchando aquella voz inconfundible diciendo: “Michael, tenemos un problema”.