En un país donde el béisbol era el rey, un joven japonés quedó fascinado con el Mundial de Argentina 1978 y convirtió aquella pasión en una historia que terminaría inspirando a generaciones de futbolistas en todo el mundo.
A finales de los años 70, hablar de fútbol en Japón era casi hablar de un deporte invisible. El béisbol dominaba los estadios, la televisión y los patios escolares, mientras la liga nacional de fútbol era todavía un torneo amateur, disputado en campos de tierra y ante gradas prácticamente vacías.

Hasta que llegó el Mundial de Argentina 1978.
Un joven dibujante llamado Yoichi Takahashi vio aquellos partidos por televisión de madrugada y quedó fascinado por el dinamismo, el juego colectivo y la libertad táctica del fútbol. Frente a las pausas del béisbol, aquel deporte le ofrecía una energía completamente diferente.

Takahashi decidió entonces llevar esa pasión a las páginas de Weekly Shonen Jump. Los editores consideraban que una historia sobre fútbol no tendría éxito, pero el dibujante insistió. En 1981 consiguió publicar el primer capítulo de Capitán Tsubasa, conocido como Oliver y Benji.

Su protagonista, Tsubasa Oozora (Oliver Atom en España), encarnaba la pasión por el balón. A su alrededor aparecieron figuras inolvidables como Genzo Wakabayashi (Benji Price), Kojiro Hyuga (Mark Lenders) y el mentor brasileño Roberto Sedinho.
El fenómeno creció rápidamente. En 1983, Tsuchida Production estrenó la serie de animación y el fútbol comenzó a convertirse en una auténtica aventura épica: un partido podía durar diez capítulos y un disparo a puerta podía ocupar varios minutos de pensamientos y acción.
Cuando el fútbol parecía una batalla
Los tiros especiales se convirtieron en parte de la identidad de la serie. El Tiro del Tigre de Mark Lenders, la Catapulta Infernal de los hermanos Derrick y las paradas acrobáticas de Ed Warner transformaron cada encuentro en algo mucho más cercano a las artes marciales que al fútbol convencional.

Incluso los famosos campos interminables tenían una explicación. Para transmitir la tensión psicológica y el esfuerzo de los jóvenes futbolistas, Takahashi estiraba los planos hasta llevarlos a límites geométricamente imposibles.
La historia cruzó rápidamente las fronteras de Japón. Fue conocida como Campeones en España, Supercampeones en América Latina y Olive et Tom en Francia.
Pero su mayor transformación ocurrió precisamente en el país donde el fútbol había sido casi ignorado.
En 1981, Japón apenas tenía unos 100.000 futbolistas federados. Diez años después del estreno de Súper Campeones, las licencias se habían multiplicado por cinco, impulsadas por jóvenes que querían convertirse en futbolistas como Oliver Atom.

El fenómeno ayudó a acompañar la profesionalización del deporte. En 1993 se fundó la J-League profesional y, en 1998, Japón consiguió clasificarse por primera vez para la fase final de una Copa del Mundo.
De los dibujos a los campeones reales
La influencia de Takahashi también llegó a algunas de las grandes figuras del fútbol mundial. Andrés Iniesta, Fernando Torres, Zinedine Zidane, Alessandro Del Piero y Leo Messi confesaron haber crecido fascinados por las jugadas imposibles de la serie.
Fernando Torres llegó a declarar que comenzó a jugar al fútbol gracias a Oliver Atom. Iniesta, por su parte, llegó a vestir la ropa oficial del Newteam y viajó a Tokio para conocer a Takahashi.

Así, los personajes que alguna vez parecieron demasiado fantásticos para existir terminaron influyendo en futbolistas que sí levantarían trofeos reales.
En abril de 2024, después de más de cuatro décadas dibujando y debido al desgaste físico, Yoichi Takahashi publicó las últimas viñetas de la saga en papel. Cerraba así una trayectoria editorial histórica de más de cien tomos y millones de copias vendidas.
Lo que comenzó cuando un joven encendió la televisión para descubrir un deporte desconocido terminó convirtiéndose en una historia capaz de cambiar la relación de todo un país con el fútbol.

Oliver y Benji no solo jugaron al fútbol en las páginas y en la televisión. Para millones de niños, fueron quienes les enseñaron a soñarlo.



