Hay algo que millones de pasajeros hacen en cada vuelo: mirar por la ventanilla. Lo que pocos saben es que la forma ovalada de esas ventanas nació de una de las grandes lecciones de seguridad de la aviación.
La historia se remonta a los años cincuenta, cuando el de Havilland Comet se convirtió en el primer avión comercial a reacción. Volaba más alto y más rápido que los aviones de hélice, pero necesitaba mantener la cabina presurizada para que los pasajeros pudieran respirar a esas alturas.

El problema apareció después de varios vuelos.
En 1954, dos aviones Comet se desintegraron en pleno vuelo. La flota fue puesta en tierra y comenzó una investigación que incluso llevó a los ingenieros a recuperar restos del Mediterráneo para intentar descubrir qué había ocurrido.
La respuesta estaba relacionada con la fatiga del metal. Cada vuelo sometía al fuselaje a ciclos repetidos de presurización y despresurización. Los investigadores descubrieron que las aberturas con esquinas pronunciadas podían concentrar las tensiones y favorecer el nacimiento y crecimiento de pequeñas grietas.
Para comprobarlo, sometieron un fuselaje de Comet a miles de ciclos de presión dentro de un enorme tanque de agua. Finalmente, la estructura se fracturó y confirmó las sospechas.

La industria aeronáutica aprendió entonces una lección fundamental: las formas curvas distribuyen mejor las tensiones que las esquinas pronunciadas.
Por eso las ventanas de los aviones modernos son ovaladas o tienen las esquinas fuertemente redondeadas.
El Comet no logró mantener el liderazgo comercial que había conseguido, pero sus accidentes cambiaron para siempre la ingeniería aeronáutica.

Así que la próxima vez que mires por la ventanilla durante un vuelo, recuerda que esa pequeña forma ovalada cuenta una historia mucho más grande.
No son así por estética. Son así porque la aviación aprendió, de la manera más dolorosa, que una esquina de una ventana puede convertirse en el comienzo de una grieta.



