En 1949, inspirado por un comentario de su esposa, Edward Seymour tuvo una idea loca: meter pintura en una lata para rociarla. Así nació la pintura en aerosol, una invención que revolucionó el bricolaje, la industria automotriz y hasta el arte callejero.
Edward Seymour nació en 1912 en Sycamore, Illinois. Creció en un pequeño pueblo, trabajando desde muy joven en talleres de pintura. En los años 40, junto a su esposa Bonnie, fundó Seymour of Sycamore, una empresa familiar que vendía pinturas para radiadores y maquinaria.
Edward no era científico ni ingeniero, era tan solo un pintor que dirigía una pequeña compañía de pintura que quería destacar en un mercado competitivo. Pero un día, Bonnie comentó con él que los desodorantes en aerosol eran muy fáciles de usar. Y aquello le voló la cabeza.

Edward, siempre curioso, pensó: ¿por qué no hacer lo mismo con la pintura? Si los insecticidas o los desodorantes podían rociarse desde una lata, ¿por qué no la pintura?
Así que, en 1949, inspirado por su esposa, tuvo una idea: meter pintura en una lata con un botón para rociar. Edward mezcló pintura de aluminio con un gas en lata, añadiendo una válvula. El resultado fue mágico, un chorro fino y uniforme que pintaba sin brochas ni complicaciones.

Lo llamó “pintura en aerosol” y lo probó en radiadores, logrando un acabado perfecto. Acababa de nacer una idea que revolucionaría el bricolaje, la industria automotriz y hasta el arte callejero.
Pero el camino no fue fácil. Patentó el invento en 1951, pero los fabricantes lo miraron con escepticismo y con burlas. ¿Quién querría pintura en una lata?
Era caro y parecía un capricho, pero Edward insistió, hasta que los talleres de coches vieron las ventajas y adoptaron su idea, abriendo el mercado a su nueva pintura.

El éxito llegó rápido. En 1955, Seymour of Sycamore vendía millones de latas al año, los mecánicos usaban la pintura para retocar coches, los dueños de casas para renovar muebles y los artistas callejeros encontraron un lienzo nuevo.
En los 70, los clorofluorocarbonos (CFC) de las latas fueron señalados por dañar la capa de ozono, así que Edward, consciente del impacto, lideró la transición a gases más seguros antes de la prohibición de 1978.
También se enfrentó a una feroz competencia y a críticas por los riesgos de inhalación, así que su empresa adoptó fórmulas más seguras que evitara ese tipo de riesgos. En 1973, producían 270 millones de latas al año, un número que todavía sigue creciendo.

Edward murió en 1998, a los 86 años, dejando un legado que pinta el mundo. Desde cachos relucientes hasta murales callejeros, su invención simplificó la creatividad y el trabajo. Y todo gracias a una Bonnie y a su «loco» esposo, que tuvo el coraje de probar algo nuevo.



