En 1967, Volkswagen pagó tres millones de marcos alemanes en secreto a una empresa de la antigua Checoslovaquia. El motivo era una vergüenza histórica. El mítico «Escarabajo», el orgullo de la ingeniería de Adolf Hitler, había sido un descarado plagio.
A principios de los años 30, Adolf Hitler tenía una gran obsesión: motorizar a la clase obrera alemana creando un automóvil que fuera barato, resistente y que pudiera transportar a una familia entera a 100 km/h por sus nuevas autopistas.
Para llevar a cabo este enorme proyecto, Hitler recurrió a Ferdinand Porsche, uno de los ingenieros automotrices más brillantes del país. El encargo del Führer era muy claro, tenía que diseñar un «Volkswagen», que literalmente significa «el coche del pueblo»

Pero había un problema. En el país vecino, Checoslovaquia, la empresa automovilística Tatra ya estaba fabricando exactamente lo que Hitler quería gracias a su ingeniero jefe, Hans Ledwinka, que era un absoluto genio. Tatra tenía varios años de ventaja sobre el resto de Europa.

Ledwinka había diseñado modelos como el Tatra V570 y el T97, carros revolucionarios que tenían una carrocería muy aerodinámica en forma de gota de agua, motor trasero refrigerado por aire y una tracción muy eficiente.
Hitler era un gran admirador de Tatra y durante sus viajes por Checoslovaquia, cenó varias veces con Ledwinka y viajó en sus modernos carros. El dictador alemán quedó tan maravillado que le llegó a decir a Porsche: «Este es el carro exacto para mis autopistas».

Así que, sometido a una tremenda presión política y con plazos de entrega casi imposibles, Ferdinand Porsche decidió buscar inspiración directa en los talleres de la competencia. Años después, el propio Porsche confesaría que «miró por encima del hombro de Ledwinka».
Cuando Porsche presentó el diseño final del prototipo del KdF-Wagen (el futuro Volkswagen Escarabajo), las similitudes eran un auténtico escándalo. Compartía el diseño curvo, la posición del motor y la tecnología de refrigeración patentada por la empresa Tatra.

La empresa checoslovaca no se quedó de brazos cruzados y en 1938, Tatra presentó una enorme demanda legal contra Volkswagen por violar hasta diez de sus patentes de diseño e ingeniería. Las pruebas documentales del plagio eran completamente irrefutables.
Porsche estaba muy preocupado y le sugirió a Hitler llegar a un acuerdo económico con Tatra para evitar el escándalo, pero el Führer tenía otros planes mucho más oscuros y directos y le contestó fríamente a Porsche: «No te preocupes, yo resolveré el problema de Tatra».
Hitler «resolvió» el pleito legal de la forma más brutal posible. Meses después, la Alemania nazi invadió Checoslovaquia, las tropas alemanas tomaron el control de la fábrica de Tatra y la orden del régimen fue fulminante: dejar de fabricar el modelo T97 inmediatamente.

Sin competencia y sin demanda legal que los frenara, los alemanes produjeron su coche del pueblo y, tras la Segunda Guerra Mundial, el Escarabajo se convirtió en un éxito mundial de ventas y en un icono pop, mientras que los diseños de Tatra cayeron en un largo olvido.
Pero la historia suele hacer justicia. En 1961, con Tatra ahora operando bajo el control del bloque soviético, la empresa reabrió la vieja demanda de patentes de 1938 contra Volkswagen y los tribunales volvieron a analizar en detalle los planos de Ledwinka y los de Porsche.
Así que en 1967, acorralada por las abrumadoras pruebas, Volkswagen decidió rendirse. Para evitar una humillante y pública condena internacional, llegó a un acuerdo extrajudicial pagando a Tatra tres millones de marcos alemanes en compensación por robar sus diseños originales.

El Escarabajo es hoy una leyenda del motor, pero su origen siempre estará marcado por esta injusticia política. No deberíamos olvidar al brillante Hans Ledwinka, el verdadero inventor en la sombra que diseñó las líneas maestras del coche más famoso de todos los tiempos.


