Nació en un pueblo de León, creció en A Coruña, dejó los estudios a los 12 y empezó doblando camisas. Nunca sale en televisión, no concede entrevistas y cuentan que rechazó a Bill Gates. Y, sin embargo, cambió el modo en que el nos vestimos. Amancio Ortega.

Durante décadas, muy pocos sabían siquiera cómo era su rostro, pero detrás de su anonimato se tejía uno de los mayores imperios empresariales del siglo XX: Zara, la joya de Inditex, la empresa que transformó la moda global.

 

Su primer trabajo fue como mensajero en una camisería de lujo. Allí aprendió cómo pensaban los clientes ricos, qué buscaban, cuánto costaba producirlo y cuánto margen generaba. Era todo lo que necesitaba saber para hacer lo mismo, pero no para los ricos, sino para las masas.

Pronto entendió que lo importante no era crear tendencias, sino copiarlas rápido y bien. Si alguien quería un abrigo que había visto en París, no debía esperar seis meses, tenía que tenerlo en dos semanas, por una décima parte del precio.

Para ello montó una pequeña empresa con su primera mujer, Rosalía Mera. Empezaron fabricando batas en casa, cosiendo por encargo con ayuda de vecinas. La llamaron GOA, las iniciales de Amancio Ortega Gaona al revés y no tenían ni taller, ni almacén, ni estructura. Solo trabajo.

En 1975 abrieron la primera tienda Zara en el centro de A Coruña. Tenía ropa barata, pero cuidada, cambiaba la vitrina cada poco y rotaba el stock con rapidez. Las clientas entraban cada semana en su tienda, porque sabían que si no compraban hoy, mañana ya no estaría.

Ortega creó un modelo que los expertos no entendían. Fabricaba en Galicia en vez de Asia, reponía dos veces por semana, no gastaba en publicidad y usaba tiendas pequeñas en zonas céntricas. Era lo contrario de lo que hacía la industria. Parecía destinado al fracaso.

Pero funcionaba. Cada prenda pasaba del diseño a la vitrina en menos de 15 días y no había temporadas, sino un flujo constante de productos. Zara no vendía ropa, vendía velocidad, frescura y escasez. Quien dudaba, se lo perdía. Y eso multiplicaba las ventas.

Durante años, mientras Inditex crecía en silencio, Ortega mantenía un perfil invisible. Se negaba a acudir a actos públicos, no tenía celular y rechazó incluso ofertas de compra como la que, según se cuenta, llegó de Bill Gates en los años 90 cuando Zara ya apuntaba alto.

Su obsesión era el control, así que diseñó un sistema logístico tan perfecto que parecía hecho en Japón: automatizado, rápido y sin apenas almacenes. Cada tienda era una fuente de datos y cada dato se traducía en decisiones, sin encuestas, ni intuiciones, solo con observación.

Cuando Inditex salió a bolsa en 2001, ya era un gigante. Con Bershka, Massimo Dutti, Pull&Bear, Stradivarius o Oysho, Ortega había construido un ecosistema textil global que producía más ropa que ningún otro grupo del planeta.

Nunca concedió entrevistas, nunca buscó titulares, pero cambió para siempre la forma en que la industria concibe el tiempo, el cliente y el producto. Y lo hizo desde Galicia, empezando por batas de andar por casa

Amancio Ortega creó algo más que una marca. Amancio cambió las reglas del juego. Por eso su historia no es la de un genio mediático, sino la de alguien que observó mejor que nadie, escuchó al cliente antes que nadie y habló solo cuando ya no hacía falta decir nada.