Antes de que estos famosos muñecos amarillos se estrellaran contra muros a 100 km/h para salvar vidas, la industria automovilística utilizaba algo mucho más macabro y perturbador: cadáveres humanos y cerdos anestesiados. Esta es la historia de los dummies.

A principios del siglo XX, los coches eran ataúdes con ruedas. No había cinturones de seguridad, ni airbags, ni columnas de dirección colapsables y los accidentes a apenas 40 km/h solían ser fatales porque el interior de los vehículos era de metal rígido e implacable.

En los años 30, la Universidad Estatal de Wayne decidió investigar cuánta fuerza podía soportar un cuerpo humano antes de romperse y como no existían sensores, utilizaron cadáveres donados a la ciencia, lanzándolos por los huecos de los ascensores para estudiar los daños.

Colocaban los cuerpos en rudimentarios carros y los estrellaban contra muros de hormigón. Aunque suene escalofriante, estos pioneros estudios forenses salvaron miles de vidas, ya que demostraron por primera vez que el cráneo humano no era indestructible contra el acero.

Pero los cadáveres tenían grandes problemas científicos. La inmensa mayoría pertenecían a personas ancianas, con huesos frágiles, y carecían por completo del tono muscular de una persona viva que se tensa milisegundos antes de un impacto, alterando así los resultados.

Así que pasaron a la siguiente fase: voluntarios humanos vivos. Investigadores como el legendario coronel John Paul Stapp se ataron a trineos propulsados por cohetes, soportando brutales frenazos de más de 40 fuerzas G para demostrar la inmensa resistencia de nuestro cuerpo.

Pero como no podían estrellar a voluntarios contra muros sin matarlos, recurrieron a animales. Durante años, anestesiaron osos, chimpancés y, sobre todo, cerdos, porque su estructura interna y la forma anatómica de sentarse eran sorprendentemente similares a las del ser humano

Las crecientes y lógicas protestas por los derechos de los animales obligaron a buscar una alternativa ética y reutilizable. La gran solución definitiva no llegó desde las fábricas de carros, sino desde los avanzados laboratorios secretos de la aviación militar estadounidense.

En 1949, el ingeniero Samuel Alderson creó a «Sierra Sam», el primer muñeco de pruebas de la historia. No estaba diseñado para carros, sino para probar los peligrosos asientos eyectables de los aviones de combate a reacción y los arneses de los primeros pilotos espaciales.

Sierra Sam medía 1,85 m, pesaba 90 kilos y estaba construido con goma, plástico y acero. Por primera vez, un objeto inanimado replicaba fielmente las articulaciones, el peso y el movimiento exacto del esqueleto humano en condiciones extremas de aceleración y fuertes golpes.

Al ver el enorme éxito en la aviación, las marcas de carros contrataron a Alderson y en 1968, produjo el VIP-50, el primer muñeco diseñado específicamente para la industria automotriz. Sus costillas de acero y sensores internos medían con precisión matemática cada impacto.

Sin embargo, cada marca usaba un muñeco diferente, haciendo imposible comparar la seguridad. Para acabar con el caos, General Motors desarrolló en 1976 el revolucionario «Hybrid III», un muñeco tan increíblemente preciso y avanzado que decidieron regalar la patente al mundo.

El Hybrid III se convirtió en el estándar mundial y sigue usándose todavía hoy. Cuesta más de 100.000 dólares, está repleto de acelerómetros, potenciómetros y baterías que envían miles de datos por segundo a los ordenadores centrales para analizar hasta el mínimo rasguño.

Hoy existe una enorme familia de héroes silenciosos de poliuretano, muñecas que simulan mujeres embarazadas, niños de diferentes edades e incluso bebés. Son diseñados meticulosamente con un único y vital propósito: romperse en mil pedazos para que nosotros no lo hagamos jamás.