En 1934, el gobierno de los Estados Unidos decidió que las prisiones normales ya no asustaban a los criminales, necesitaban un auténtico infierno en la Tierra del que fuera imposible escapar. Así nació la cárcel más infame de la historia: Alcatraz

En 1775, el explorador español Juan Manuel de Ayala descubrió una pequeña y rocosa isla en la bahía de San Francisco. Estaba tan repleta de aves marinas que la bautizó rápidamente como la «Isla de los Alcatraces».

Durante décadas, aquel trozo de piedra fue ignorado, pero en 1848 estalló la gran Fiebre del Oro en California. San Francisco se llenó de inmensa riqueza y el presidente Millard Fillmore ordenó construir allí una fortaleza militar impenetrable para proteger la gran bahía.

El fuerte se equipó con más de cien pesados cañones, pero el ejército pronto descubrió que la isla tenía un uso mucho más práctico. Sus aguas heladas y fuertes corrientes la convertían en una prisión natural, así que durante la Guerra Civil, empezó a albergar prisioneros.

En las décadas de 1920 y 1930, Estados Unidos vivía una auténtica pesadilla. La Ley Seca y la Gran Depresión desataron una inmensa ola de crimen organizado sin precedentes, en la cual los gánsteres robaban bancos y se fugaban de la cárcel con pasmosa facilidad.

El Fiscal General Homer Cummings y el director del FBI, J. Edgar Hoover, estaban desesperados y necesitaban dar un golpe sobre la mesa, por lo que se les ocurrió crear una super prisión que aterrorizara a los criminales y demostrara que el gobierno tenía el control absoluto.

Por eso, en 1933, el Departamento de Justicia adquirió la antigua prisión militar de Alcatraz, un lugar absolutamente perfecto. Estaba a dos kilómetros de la costa, rodeada por las traicioneras y gélidas aguas del océano Pacífico, y nadar hasta San Francisco era un puro suicidio.

Contrataron a los mejores expertos en seguridad para rediseñar el presidio y no escatimaron en gastos. Instalaron potentes detectores de metales, galerías de armas por encima de las celdas y botes de gas lacrimógeno en el comedor que se activaban con un solo botón.

El objetivo principal de «La Roca» no era rehabilitar a los presos, sino quebrar su espíritu. La filosofía era muy estricta. Los reclusos solo tenían derecho a comida, ropa, refugio y médico. Todo lo demás, incluyendo visitas, trabajo o el patio, era un premio ganado.

El 11 de agosto de 1934 llegaron los primeros prisioneros civiles bajo extremas y agobiantes medidas de seguridad. Allí no enviaban a delincuentes comunes, sino a los «peores entre los peores», aquellos que destrozaban otras cárceles y eran un grave peligro para todos.

Por sus frías y diminutas celdas pasaron los criminales más mediáticos y peligrosos de la época. Nombres que aterrorizaban a toda América, como Al Capone, Machine Gun Kelly o el perturbador Hombre Pájaro, Robert Stroud. Todos fueron reducidos a un simple y frío número.

El régimen era tan brutal que durante los primeros años se impuso la temida «Regla del Silencio». Los presos tenían absolutamente prohibido hablar entre ellos, una dura tortura psicológica tan severa que muchos reclusos enloquecieron y la medida tuvo que ser eliminada.

A pesar de la seguridad extrema, hubo catorce intentos de fuga oficiales involucrando a 36 hombres. Casi todos fueron capturados o murieron ahogados y tiroteados. Solo la famosa fuga de 1962 de Frank Morris y los dos hermanos Anglin sigue siendo un fascinante misterio.

Pero el implacable mar que hacía de Alcatraz una fortaleza inexpugnable fue también su gran perdición. La sal constante del mar destrozaba el hormigón y oxidaba el hierro a gran velocidad. Mantener la prisión abierta era una ruina, ya que costaba el triple que cualquier otra.

Por eso, en 1963, el Fiscal General Robert F. Kennedy ordenó su cierre. Aquella fortaleza del terror se vació para siempre y hoy, convertida en Parque Nacional, es recorrida por millones de turistas cada año, por los mismos pasillos que guardaron a los mayores monstruos del país.