De unos juguetes japoneses sin nombres ni personalidad a una franquicia global: la historia de Transformers comenzó como una estrategia comercial que terminó creando personajes capaces de conquistar a varias generaciones.

En 1983, unos ejecutivos estadounidenses viajaron a Japón y vieron unos juguetes que cambiaban de forma. Decidieron comprar los derechos, encargar un cómic a Marvel y crear una serie de dibujos con un único objetivo: vender sus muñecos. Así nació Transformers, una de las franquicias más reconocidas del entretenimiento.

Pero la historia no empezó en Estados Unidos, sino en Japón. A comienzos de los años 80, la empresa japonesa Takara comercializaba dos líneas distintas de figuras articuladas: Diaclone y Micro Change. Eran coches, radios y pistolas capaces de transformarse en robots. En sus catálogos no tenían nombres propios ni personalidades: eran mechas, máquinas de combate tripuladas por pequeños pilotos humanos que luchaban contra invasores alienígenas.

En 1983, representantes de la juguetera estadounidense Hasbro visitaron la Feria del Juguete de Tokio. Al ver los prototipos de Takara, encontraron una oportunidad de negocio y compraron las licencias para vender los moldes en Occidente.

Hasbro tenía entonces dos líneas de juguetes inconexas que necesitaban una identidad común. El momento también era propicio: bajo la presidencia de Reagan, la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) desreguló las normas sobre publicidad infantil en televisión. Por primera vez, las empresas podían financiar series de televisión basadas directamente en líneas de productos comerciales.

Para dar sentido a aquel conjunto de juguetes, Hasbro acudió a Marvel Comics. El editor Jim Shooter y los guionistas Denny O’Neil y Bob Budiansky recibieron el encargo de construir una historia. Budiansky descartó la idea de los pilotos humanos y decidió que los robots fueran seres alienígenas vivos, con mente propia, procedentes del planeta Cybertron.

Budiansky bautizó a la mayoría de los personajes y redactó sus biografías. También creó los dos bandos enfrentados, Autobots y Decepticons, e inventó nombres que se volverían icónicos, como Megatron y Bumblebee, además de bautizar como Optimus Prime al líder de los camiones.

Con el universo definido sobre el papel, Hasbro encargó la producción audiovisual a Sunbow Productions y Marvel, mientras la animación fue subcontratada al estudio japonés Toei. La serie nació expresamente diseñada para funcionar como un catálogo comercial en movimiento.

Cada episodio mostraba las funciones exactas de las figuras que los niños encontrarían en las tiendas. Los guionistas recibían la orden directa de dar protagonismo a los vehículos y accesorios que Hasbro necesitaba liquidar en cada campaña de ventas.

En septiembre de 1984 se emitió el episodio piloto, dividido en tres partes. El impacto en las ventas fue inmediato: la demanda de muñecos superó las previsiones de Hasbro y las fábricas no daban abasto para suministrar figuras a las jugueterías de todo el país.

Para sostener el ritmo comercial, Hasbro necesitaba introducir figuras nuevas cada año. Eso obligaba a incorporar continuamente personajes a los guiones para justificar el catálogo de la siguiente temporada, saturando las tramas de robots nuevos.

En 1986, la estrategia llegó al extremo con el estreno de “Transformers: La película”. Para retirar de las estanterías la primera generación de juguetes y dar paso a la nueva línea, los directivos ordenaron matar a Optimus Prime y a una decena de personajes.

La muerte en pantalla del líder de los Autobots provocó una oleada de cartas de protesta de padres furiosos. Hasbro descubrió entonces que los niños habían desarrollado un vínculo emocional real con los personajes y los trataban como algo más que simples trozos de plástico.

La presión del público obligó a la compañía a rectificar. En la tercera temporada de la serie, los guionistas tuvieron que idear una trama para resucitar a Optimus Prime y calmar las críticas de la audiencia infantil, devolviendo estabilidad a la franquicia.

El modelo comercial de Transformers redefinió la televisión infantil de los años 80. Franquicias como G.I. Joe, He-Man y Las Tortugas Ninja aplicaron la misma fórmula: financiar dibujos animados con el objetivo de impulsar la venta de figuras en las tiendas.

Cuarenta años después, la alianza empresarial entre Takara y Hasbro sigue en activo. Lo que comenzó como una operación de compraventa de moldes japoneses terminó convirtiéndose en una de las marcas más rentables del entretenimiento global, con películas, cómics y videojuegos.